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Agora Gallery Mostrar crítica The body of work that you have provided for our review exhibits a cohesive style and a unique perspective. A skillful approach, as well as a passion for the medium is evident throughout the presentation. Wonderful work.
Agora Gallery
December 2003.
The highly collected Dario Mijangos has shown his work throughout the world. His self-taught style of figuration portrays a shocking world of tribal myth and fantasy. Born in Mexico City, he takes inspiration from literature and the theater. He has published two catalogues and held a total of 12 solo shows between Mexico, Cuba, and Argentina. Dario Mijangos’ wide-ranging success is fueled by his unique vision into the psychological disposition of people and things. Whether people or an object, Mijangos renders his subjects with a powerful affect. There is a dark mystery that surrounds his work. Taking after the great social realist paintings of Diego Rivera, he shows figures in familiar yet stylized landscape. Throughout his work one sees apparitions creep through the landscape. There is an overriding theme of wanting and an almost religious fervor that permeates his images. Souls are laid free from clothing in a symbolic state of vulnerable desperation.
Agora Gallery
February 2004.
| Lic. Jesús Meza León Mostrar críticaLa sensualidad del pintor Por el Lic. Jesús Meza León Editor de Boys & Toys, Q-Eros y DesnuDarse Darío, como buen artista, vive su cotidianeidad en dos mundos aparentemente di símbolos pero no opuestos y sí complementarios: el de la vida real en su trabajo de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, y el mágico de su pintura; en ambos es un exitoso. Lo descubrí seguramente como muchos por el Internet e incuso por este medio fue invitado a exponer recientemente en la Argentina. Después lo he seguido hasta su estudio y en exposiciones donde he podido comprobar su valía como pintor, por muchos no comprendida, por otros alabada hasta la ignominia. Sin embargo, mi máximo éxito ha sido el haberme podido acercar a su obra ganándome su amistad; esto me ha valido el pase a un mundo mágico que cualquiera puede intuir al plantarse frente a un óleo o acrílico suyo, pero en el que se adivina apenas la génesis que toda obra de arte lleva implícita. Admirar un Darío Mijangos es, antes que nada, un goce visual y estético; el primero lo pueden ofrecer muchas pinturas, el segundo, ese que nos provoca aún chispazo casi eléctrico a través de la columna vertebral o que hace incluso flaquear las piernas de la emoción sólo lo logran los artistas con cuya obra nos identificamos, los que nos cautivan por x o y razón y se meten claro por nuestros ojos, pero hasta nuestro cerebro y corazón. Siempre he considerado que todo arte es una entrega recíproca y por eso tanto he de cuidarme al expresar mis / los sentimientos que me inspira hacer "crítica" de la obra de un amigo. Este breve artículo se lo debía a Darío y a mí mismo. En alguna ocasión pretendí una monografía más extensa de crítica imparcial, pero eso sólo se logra siendo ecuánime y yo no puedo serlo, no al menos desde el momento en que me declaro admirador de su estética, cuando me identifico con su mundo mágico, con su forma de pensar y acepto incluso comulgar en su misma escuela formativa: la mexicana de pintura que él ha sabido tan provechosamente utilizar para lograr un estilo propio pero en el que se adivinan las influencias de una Frida Kahlo por ejemplo, el ascetismo de Manuel Rodríguez Lozano y las mexicanísimas imágenes de lo nacional impuestas por Rivera en forma, tema y colorido. Que el lector de Club "G" de Tehuacán descubra a través de las pocas imágenes que presento al Darío Mijangos de su predilección: el joven artista de sentir gay enamorado del color y el arte nacional sencillo y eterno; el de los rollizos y pelones xoloitzcuintles, entes casi Sagrados o fósiles vivientes del desaparecido mundo prehispánico; el de las guirnaldas y cenefas con breves mensajes que tanto utilizara Frida y que tomara a su vez de la pintura costumbrista del siglo XIX; las composiciones arquitectónicamente estructuradas e incluso escultóricas del más puro estilo rodriguezlozaneano y de éste también su sensualidad característica para retratar al desnudo masculino con una total parquedad de elementos y para los que se vale comúnmente de su modelo favorito: su joven pareja de apenas 26 años de edad. Por último y sobre todos ellos, el estilo que caracteriza a Darío, la magia que hablaba de su obra al rememorar ángeles, santos, seres dolientes y teatrales pero no más allá de la realidad, de una realidad llamada México que vivimos cada día los que por esto mismo somos vistos con tanta admiración por pueblos como el europeo que quizá tenga más tradición pictórica, pero que han quedado mudos y se maravillan ante la obra de un joven que tanto tiene que "decir", que tanto tiene que expresar y que tanto ha bebido de la fresca fuente de la escuela mexicana de pintura, fuente que se creía extinta, pero que afortunadamente esta nueva generación del torna milenio, olvidada ya de abstraccionismos y demás "ismos" que nada tienen que ver con lo mexicano auténtico, reclaman para su arte como una voz que cabalmente ha expresado su valía como medio de expresión. Quien no comprenda esto que no se acerque a un cuadro de Darío, que se olvide de líneas clásicas, de formas "bonitas", de tonos escolásticos y de medidas estándares. Darío es ante todo un revolucionario y no le importa agradar; su mensaje va implícito en cada cuadro y quien lo quiera apreciar, ya sea que le guste o no, le tiene sin cuidado. A Darío le importa obtener un lugar en la plástica mexicana ¿a qué artista nacional no?, pero él no viaja en el elevador fácil de la comercialización. Tampoco es surrealista o neo-mexicanista. Lo suyo es la plastificación de su mundo mágico interno: sus varones desnudos ni siquiera cumplen con las expectativas del nudismo integral de motivar la libido, sus cuerpos son morenos, mexicanos, sólo muertos aclaran su tez y sin embargo se les siente vivos, reales dentro de su fantasía; están calvos totalmente porque para Darío en eso estriba la masculinidad, no en el tamaño de los genitales; sufren porque son mágicos y porque son religiosos; común es observarlos con las alas cortadas, con las heridas sangrantes y postrados; jamás el coloso que busca de imponerse y sin embargo su desnudez es la mejor arma contra a "las buenas conciencias" de siempre; son como los primeros mártires cristianos: bellos en su desnudez y por ella poderosos. Hay que resaltar también de sus retratos la honda psicología que obtiene con algunos cuantos elementos: las mujeres de su serie de las Vírgenes no necesitan incluso de las auras de algunos de sus santos para remitirnos a la idea de la diosa generatriz; sus retratos aluden al personaje por su ambiente más que por sus lujosos vestidos o escenografía, y para ello Darío se vale de sus fondos, algo que a él no le gusta que se mencione e incluso hasta le molesta, pero pocos pintores logran tal ambientación con esas texturas, con esos colores, con tal parquedad de elementos que al decir de algunos neófitos en ocasiones se "comen" al cuadro. Un ejemplo: Horacio Franco no necesitó de toda su nudística y provocativa musculatura e incluso ni de su infalible flauta para expresar la magia de su música en el cuadro que le pintó Darío, pues con el puro fondo que lo aísla y lo sitúa a la vez en el centro de la obra basta y sobra para que el espectador "vea" flotar notas y partituras sobre el lienzo. No en balde dicho cuadro llamó poderosamente la atención a los asistentes de la pasada muestra pictórica en la Semana Cultural Lésbica-Gay del Museo Universitario del Chopo en junio del año 2001 en la Ciudad de México, donde Darío expuso por primera vez en un marco que ya estaba resultando incompleto sin su presencia. Finalmente para mi retrato ‹y se me perdonará la falsa modestia‹, Darío ignoró olímpicamente mis sugerencias de como en su cuadro "El escritor", el utilizar ramas que naciendo de mi cabeza se regaran sobre el fondo con páginas escritas en lugar de flores. Para mi poema que inicia "Ese amor que tú me das...", esbozó las páginas sí y las ramas, pero las cubrió con el sutil dorado del fondo y prefirió finalmente escribir los versos distribuidos por acá y por allá, resaltando la fuerza de la creación a que todo poeta se enfrenta con la mirada profunda y la pluma de ave descuidadamente sostenida entre los dedos que finalmente dice mucho más que cualquier referencia directa al quehacer del retratado. Ahora me he acostumbrado a que quienes lo ven difieran del poco parecido físico que guarda conmigo, pero eso no me importa, prefiero la opinión más sabia y sensible de aquellos que en silencio admiran el cuadro, digieren el poema y ya después exclaman: "Sí, tú estás ahí en retrato y en obra" ¿Se puede pedir más a un pintor?
| | Raúl Alfonso Mostrar crítica Una noche soñé que me cosían la boca. Yo sangraba y las gotas de sangre se congelaban antes de caer, como la pintura cuando se aplica con espátula y crea esa textura gruesa palpable. Había frío, no podía cerrar los ojos y los oídos me zumbaban, era un timbre metálico, como de patrón de pruebas de televisión. Yo era un joven, casi niño, aún no había entreabierto ciertas puertas del pasillo de la vida. Hoy, en plena madurez, me reconozco en tu cuadro, ese joven lánguido con la boca cosida que llora lágrimas de sangre, cruza las manos sobre su sexo y muestra el corazón pequeño, metálico, también ensangrentado, me remonta a uno de los pasajes más amargos de mi adolescencia. Generalmente lo que soñamos se torna tan o más real que lo que vivimos. En ocasiones deambulamos con los ojos abiertos pero cerrados a las sensaciones. A los pies de tu joven, a tus pies un xoloitzcuintli de mirada humana nos escruta el rostro, dos manos, una de ellas, aferrando la pantorrilla derecha del muchacho anunciando bloqueo y opresión, el fondo amarillento con destellos como de sangre como telón de fondo, o como una suerte de tapiz del sufrimiento. Todo transpira silencio (tu muchacho calla pero más su interior grita) y los más aterrador, soledad.
El criterio medio naíf de tu pintura no rebaja la inquietud que la misma provoca. Habita un espíritu de agónica contemporaneidad en el cuadro, una frase escrita al pie de la obra sobre el filo que asoma de una pared o el agrietado reborde de una azotea es reveladora, “todas las noches me arranco el corazón, pero por la mañanas esta en su lugar”
Tu pintura es un reclamo de amor y deseo, Los hombres padecemos una extraña fijación por el hallazgo, por la conquista de lo desconocido, por la “novedad”, también una atracción irrefrenable para los asuntos de la carne, por el retozar de los cuerpos, por la vibración nerviosa de las pieles al contacto de otras pieles... Salimos a deambular las calles poseídos por el virus de la ansiedad. Agotados de luchar contra el deseo, saltamos al abismo noche. Acariciamos la secreta esperanza de encontrar un ángel doblando cualquier esquina, sentado en un banco de un parque, parapetando bajo algún farol, o descansando desnudo sobre la cama de azulejos de cualquier sauna, “dormido”, indiferente al mundo orgiástico que explota a su alrededor.
El corazón palpita y luego, al contacto de cualquier mirada igualmente ansiosa sobreviene la entrega y luego de la entrega, en la que nos refugiamos en los brazos de la naturaleza como si fuera la primera vez, angustiado ante la posibilidad de la pérdida, vírgenes (todo hombre que se entrega a otro por primera vez es virgen) la minúscula espada atraviesa nuestro pequeño corazón endurecido y todo se desvanece. Entonces llegan los reproches, los ¿por qué? , los miedos venéreos y la desilusión agria nuestro espíritu, pero ya llegará la noche, sí la noche, y esta será la definitiva, esta noche encontraré el amor.
Te pregunto, muchacho silencioso, ¿por qué el corazón? , Una escritora famosa dice que un corazón es algo sucio, y que pertenece a las tablas de anatomía y al mostrador del carnicero, que ella prefiere el cuerpo... ¿Por qué no te conformas solamente con el cuerpo? ¿Por qué abres noche a noche la caja de candados de tu corazón y obsequias tus secretos?, ¿por qué reclamas en el otro la combinación de su caja fuerte para abrirla y hurgar en ella? ¿Acaso no es suficiente con la posesión del cuerpo? No, no lo es, ¿no temes al escarnio, a las burlas, a la subestimación, a la derrota?
Estoy ante la obra de un artista de elevada espiritualidad, de parámetros que se abre, plural y sin reservas, la posibilidad de encontrar el conocimiento a través del placer y del disfrute pleno de los sentidos, aunque sea condenado a la soledad, le cosan la boca y le dejen como única compañía a un xoloitzcuintli, que nos mira tristemente. El cuadro, y lo reitero, traduce reclamo, necesidad, contradicción, entre carne y espíritu, tormento, incomprensión e intolerancia ante el “otro”, el diferente, represión, tortura, moral, caos.
Ahora me despido Darío. Ya no sueño que me cosen la boca. Ahora mis sueños son más imprecisos. Ya conozco el ansia y la perdida, ya se abrieron muchas puertas, ya sé... pero aun albergo la secreta esperanza cada noche, aún me arranco el corazón y asombrosamente, cuando despierto Darío, como el tuyo, está en su lugar.
Raúl Alfonso
México D. F. a 14 de diciembre de 2001 | Edith María Alberta Ibarra Araujo Mostrar crítica A veces me imagino que un día, o una tarde, Darío tomó un suéter, las llaves de su departamento y la correa de Libertad, y salió a caminar para pensar y luego decidir que iba a hacer con su vida.
Ni el teatro ni la danza eran los medios para dar cuenta de todo lo que guardaba en ese momento. Depender de tanta gente como lo requiere el teatro para poder presentar una obra no era buena opción y la danza era atractiva cuando los bailarines exhibían sus músculos, su destreza, su belleza.
Quizá por eso, y recordando la facilidad con la que había resuelto gran parte de su niñez dibujando, pintando, pegando y recortando es que vislumbró en la Pintura un camino que podría recorrer con libertad.
Y no es que fuera fácil pintar o dibujar. Tendría que aprender a hacerlo. Regreso a su casa, le quito la correa a Liber, busco un cuaderno que tuviera algunas hojas en blanco y comenzó a dibujar.
Desde entonces no lo ha dejado de hacer. Busca hombres y mujeres que se dejen pintar, cómplices, amigos, y compañeros de viaje como Libertad, Fosco o Gilberto. Dispone de ellos, parados, sentados o acostados en pisos cuadriculados, entre lienzos rojos y dorados, como ángeles que viajan entre las nubes o a la deriva... felizmente en el mar.
Hace de Víctor, Liber, Fosco, Gilberto y de sus amigos, personajes de su imaginario personal y les crea un mundo de papel, de tela . en forma de caja o de biombo para que vivan, para que existan en esta realidad tridimensional que a veces nos agobia, incluyéndolo a él.
Ahí están en cada uno de ellos, mirando siempre a lo lejos, extraviados en sus pensamientos, conformes con lo que viven y con lo que sienten.
Ahora vamos con él a esta exposición, lo acompañamos formando parte de su refugio de color y lienzos. No tenemos muchas medidas, para sus ojos siempre somos grandes. Magnifica con la alquimia de sus trazos lo común de nuestra vida haciendo de nosotros seres luminosos, inmaculados, estofados, con aureolas que nos acercan a la pasión con la que pinta.
Bueno... eso me gusta pensar...
Edith María Alberta Ibarra Araujo Febrero 2004.
| Salvador Díaz Sánchez. Mostrar crítica Al limite del misticismo la invocación a la imaginería popular; la letanía del desnudo, el perruno aullido de la soledad, las reminiscencias de San Sebastián Mártir, la calvicie de la pasión, el nervio viril en la cosecha de ojos displicentes, los talles que descienden en la espesura de la forma, la proyección del autorretrato en el misterio de las miradas, la lejanía como símbolo de la introspección. Hoy, en un tiempo de desbandada, escape o dispersión de los inacabables despliegues del ser, Darío Mijangos, joven pintor, experto creador, nos devuelve la oportunidad de airar el espíritu de una obra que araña la cresta de la poesía con bocanadas de un arte novedoso en la descarnada atmósfera de imágenes virtuales.
Salvador Díaz Sánchez.
Cineasta.
| Juan Manuel Dueñas Mostrar crítica El muro de los lamentos
Cuando se calla toda esa luz que se lleva por dentro, con el tiempo los rayos de esa luz se convierten en grandes mariposas de tristeza, y nace en tu corazón un muro inmenso de silencio, donde el espíritu no escucha lo que era ni oye nada de todo lo que te aman.
Cuando se calla toda esa luz que lleva uno por dentro, se hacen callosidades en al alma, y los sentidos, actúan como lapidas de huesos rotos. Pero hoy, ¡henos aquí!, Cogiendo la luz con el mar de nuestros ojos, en una cantidad tremenda de agua que titirita y disgrega esa luz en movimientos, figuras, colores y texturas dejados en los trazos de este hombre; Darío Mijangos, y que es necesario decir en una manera estridente, que este hombre, no se calla toda la luz que lleva por dentro. Porque cuando observamos su pintura, la vemos de frente, nos alejamos buscando un ángulo diferente, inclinamos la cabeza, le miramos de un lado y por el otro, de arriba y de abajo y terminamos sin saber que no es a él a quien queremos ver, sino a nosotros mismos. Con su pintura nos hacemos externos, embaucados por ese simbolismo que Darío Mijangos implanta en sus obras con los elementos distintivos de nuestra cultura, y que ante tantos caractemas existentes de ésta, podemos claramente denotar la fe, ritos, tradiciones preñadas de quimeras inmunes al continuo del tiempo, y que igualmente, delinean la identidad de su persona. Mijangos mantiene su esencia en lo sencillo del concepto de su idea, nosotros somos quienes le aferramos una complejidad a lo sencillo en la historia escrita de sus cuadros. Mostramos todo lo que somos al traducir todos esos elementos simbólicos, que figuran en su obra, en lo que sentimos, haciendo analogías paridas de nuestra propia existencia.
Y es también verdad, los trazos que Darío implanta en sus pinturas evocan sensaciones ocultas, olvidadas, sentimientos postergados en un común que delinea al interior del hombre y hasta cierto punto, nos hacen notar en nosotros mismos ciertos trozos de vida acumulada. Esto, desde mi confinada existencia.
El pincel de este hombre es consecuencia de un impulso incontrolado que le da la vida, es Mijangos así mismo su propia evolución dictada en la madurez de sus figuras, es la búsqueda constante con el compromiso de su rojo corazón, decidido a una expresión de proporciones más exactas. Decidido a exponer su vida en la forma que predicen sus colores, texturas y en esa eternidad corregida a un solo movimiento del pincel en su mano. Él, coge elementos de la vida y los devuelve a la misma, en una poesía narrada con figuras derramadas en la necesidad inherente de su existencia y de la belleza propia del hombre, porque el no pinta para que le entiendan, sino por que la pintura es la aceptación de su vida. Existen hombres que se han envenenado con la rimbombante palabra “artista”, y se consumen en un angustiado análisis por la razón propia en las formas del arte, estructuran y catalogar al hombre por sus expresiones, “sentimientos de artista”, sabiendo que lo sublime carece de sistema.
Y ante todo lo anterior, cuando interrogo a Darío en mi enclaustrada necesidad por definir su arte, me dice: “pues mira, yo solo soy pintor, pero antes, hombre; el resto es mi vida”
Juan Manuel Dueñas
En un día de septiembre, 2000.
| Saúl Román S. Mostrar crítica Cuando uno se sumerge en la obra de Darío Mijangos, los jalones del espíritu no se hacen esperar, su pintura desarticula cualquier intento de interpretación para reclamar la autoría de su propia voz: nuestra reverberación. Por tal motivo, la interpretación más autorizada es la experiencia del que está frente al trabajo de este pintor.
Por lo tanto, digámoslo así: La obra de Darío es de todos porque no es de nadie ni de él-, su pintura es una “otredad” a la cual advenimos, y por lo tanto nos precede, nos envuelve, nos satisface, nos interroga, y por supuesto, a veces nos hiere... Hasta que por último, el significado termina por escapársenos y cualquier intento de atraparlo es insuficiente.
Hay individuos que padecen esta insuficiencia con mayor intensidad que otros, y por ello se esfuerzan en describir la manera como ven ese mundo del que no pueden escapar... Alguien dijo que los seres humanos vivimos en una cárcel de carne y sangre entre barrotes de huesos, y que la intención de comunicarnos es con el afán de calmar un poco la angustia de la soledad y el aislamiento que vivimos.
En este sentido, en un abrazo solo damos y recibimos un choque de carnes que se deja oír, para dejar clara constancia del eterno e insalvable desencuentro; así, todo queda en el espejismo que simula un contacto. Sin embargo, lo otro es lo cierto: Darío Mijangos nos revela con su lenguaje de pintor, el grito doloroso de un preso sin derecho de apelación.
La dulce orfandad que reflejan los rostros de los seres que este autor pinta, no es más que la distancia que fractura el abrazo y la esperanza de fundirse con el otro, en realidad, de Mijangos la soledad a la que lo somete su propio cuerpo. Darío es fiel a su imagen y a su semejanza, y esa es su condenación: afanoso quiere llegar al origen de sí mismo para, mediante este acto, encontrarse con el otro. Siempre fracasa.
Eternamente solo, derrotado por su pasión-ángel caído-, con su pincel-corazón en mano, comienza nuevamente su intento.
Ciertamente, en Mijangos su pincel es el carcelero que a veces bondadoso, emerge de la obscuridad de aquel calabozo de piedra húmeda y caliente, para traernos el mensaje de su condena a perpetuidad. Así, la vida de este pintor es una ironía, porque vive apasionado de unos colores que nunca ha visto (¿cuáles son sus referentes?), pues la obscuridad de su celda-vientre no se lo permite. Es que en realidad Mijangos tiene buen olfato y poca perspectiva (casi siempre todo lo pinta en primer plano)... sabe muy bien que el ámbar no huele al rojo, y que el azul tiene otro aroma que el ocre. Así se aventura y pinta. Pero por supuesto, a este presidiario le motivan sus amores, le gusta sentirse vivo. Así se otorga el derecho de tener sus visitas pasionales. Entonces sus visitantes descienden a tientas con devoción hasta llegar a su calabozo para atestiguar, entre rejas, su delirio; así, nace la portentosa mezcla en la cual se debate su locura: erotismo y religiosidad, elementos que se amalgaman en Darío por obra y gracia del dolor y sus Xoloitzcuintles.
En efecto, la obra de este pintor es inquietante porque une dos elementos que, si bien en su naturaleza más rudimentaria estaban mezclados, en nuestro tiempo y forma cultural resulta sacrílego (aunque en el caso de Mijangos, no sabría decir para cuál de los elementos), el hecho de no mantenerlos bien distantes uno del otro: el erotismo y la religiosidad son una constante en toda su obra.
Los temas de sus trabajos por lo tanto no son casuales: “Pasión santoral”; “La pasión según los tres”; “Mi ángel”; “Guadalupe Virgen”; “Tú sangre para mí es preciosa”; “Sagrado corazón”; “Santo señor del suicidio”; “San Sebastián de Santiago”; “La pasión según Michael”; “El último ángel”; “Ofrenda”; “La consagración de la Virgen”; “Sagrado corazón de Darío”; “Gethsemane”; “La virgen de la Plata”; “Teofanía”; “La caída”; “Tres santos amigos”; “San Javier con Libertad”; “Martir”; “Los evangelistas”...
Trabajos en cuyos rasgos se muestran manos de gestos benditos, miradas dulcisimas, desnudos santificados, mártires de sanguinolentas eyaculaciones, querubines Xoloitzcuintles... en fin, elementos de ternura, sensualidad y dolor mezclados con vocación reverencial.
La atmósfera que Darío Mijangos logra en sus cuadros es un halo de liturgia erótica de colores vivos y profundos, donde el placer y la muerte vienen a ser motivo de una celebración solemnísima. Para este autor, oficiar es llevar el ritual de su trabajo hasta sus últimas consecuencias: es alimentar cotidianamente su vida y su muerte para mostrarnos, obsequioso, la enorme dignidad que vierte en cada brochazo arrancado a la soledad que lo aprisiona, vértigo al que por cierto, está condenado a cadena perpetua.
México, D.F., Otoño del 99.
Saúl Román S.
| Lic. María Eugenia Rosboch Mostrar críticaMéxico se pinta y se siente. La calle 5 de Mayo zigzaguea entre majestuosos edificios que encierran innumerables riquezas artísticas, las veredas se pueblan de sonidos y olores que golpean a cada paso los sentidos del caminante. Un hombre encerrado en una casulla ofrece tacos y coca cola, una mujer descubre una canasta repleta de tortas de jamón. pierna, pollo con o sin queso. Acomodados sobre una tela, los colores se multiplican en vestidos que combinan rojos, naranjas, verdes, turquesas con infinidad de adornos entre los cuales se encuentran monos, piedras, listones y bordados. Llegando a la esquina la mirada se expande, el Zócalo luciendo orgulloso una monumental bandera verde, blanca y roja con un águila marrón que triunfadora existe una víbora en su pico, muestra todo su esplendor. En rededor se elevan los palacios de gobierno y la catedral construida por los españoles con las piedras de la ciudad de Tenochtitlan que nos brinda su testimonio desde las ruinas que yacen detrás del símbolo religioso del dominio colonial. La obra de Daño Mijangos es la ciudad de México, en ella se traduce el sincretismo religioso mexicano que se expresa a través de perros Xoloitzcuintli, perros pelones sacralizados por los Aztecas fieles acompañantes de los rituales mortuorios y exquisito manjar. que van al cielo con alas de ángeles. Pero Mijangos es también una expresión de su época. su obra muestra el dolor de una cultura a la cual intentaron desbastar en pro de una modernidad que interpreta como “subdesarrollados” a cualquier cultura que no responda a los cánones del progreso. Ángeles azules con corazones sangrantes en las manos, caras tristes con miradas perdidas, enlazados por su corazón, descreídos sin metas, en definitiva, ángeles que sobrevuelan una postmodernidad vaciada de contenido llevados por la desesperanza, en busca de la nada. Por momentos ante un Mijangos. nos teñimos de desconsuelo pero si continuamos nuestro andar por las galerías de Polanco, nos topamos con una virgen mitad india. mitad española, que en una postura de espera no pasiva, nos augura en su mirada una esperanza. Darío Mijangos es síntesis de un sincretismo religioso indígena-católico y de una modernidad que nos lleva al sin sentido postmoderno y concluye en la necesidad de llenar ese vacío con el retorno a una búsqueda mítico-religiosa premoderna que rescata la cultura visual de otras épocas reformulada en un ahora globalizado y fragmentado. Lic. María Eugenia Rosboch Periodista y docente e investigadora de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (República Argentina). Coordinadora de los espacios radiales ‘la primera Vez” y ‘Los locos de la azotea” trasmitidos por FM Universidad, Radio Dardo Rocha y FM Stilo de la ciudad de La Plata. | Mto. Enerdo Martínez Alvarez Mostrar crítica “Cada hombre es una isla”, reza cierta aseveración del decir tradicional popular hispano que conlleva a considerar la existencia humana como una particularidad compacta con descoloridas relaciones tentaculares hacia el exterior.
En “Con Libertad sobre las aguas” el joven pintor Darío Mijangos (Ciudad de México, 1965)nos propone una emigración hacia sí, a través de un discurse enraizado en la poderosa tradición figurativa de su país. Por ello, más que una muestra personal, podríamos considerarla una exposición intima que echa por tierra el precepto del aislamiento, pues su obra-vida se debate entre las más acusiantes preocupaciones existenciales de todo hombre actual; la amistad, el amor, el sexo y la soledad.
Con el desenfado propio de un autodidacta avezado, nos deja ver a Magdala, su mejor amiga, sus ángeles guardianes; Libertad Nahui y Quetoli, contenedores de su más cercana ternura. Y se nos presenta en el desgarramiento insondable ante la pregunta primigenia. Lo hace utilizando una iconografía fácilmente decodificable, dada su procedencia popular: la imagineria religiosa o el cine nacional de la epoca dorada, junto a simbolos ya manejados por la plástica mexicana de este siglo y que alcanzan con Frida kahlo su más efectivo empleo.
Con Libertad sobre las Aguas es un acto de entrega, donde las proporciones, la relación del colorido con el tema, la composición y los elementos simbólicos utilizados, logran expresar el estado mental y espiritual del artista que demuestra con ello, que es posible ir más allá de la superficie coloreada; que es posible andar sobre las aguas.
Mto. Enerdo Martínez Alvarez
Catedrático de la Facultad de Artes y Letras
Universidad de La Habana
Ciudad de La Habana, Cuba 1997
| Dra. Luz Merino Mostrar crítica Es posible que la primera impresión que se aprese al contemplar ¡a obra de Darío Mijangos sea la de un universo conocido, y es que efectivamente el artista establece una fluida comunicación a partir de códigos familiares al observador.
No obstante, si nos detenemos ante las obras veremos que los elementos denotados se connotan desde un perspectiva panicular; Alas, flores, figuras, corazones y perros resultan el repertorio apariencia de encontradas esencias.
Sin desestimar los aportes del instrumental contemporáneo los utiliza y aplica según las necesidades de su propuesta artística, así el sentido de la cita más que orientarse a una dirección autoral o estilística, se reordena hacia el cromatismo de una cultural. Colorido que intenta un entrecruzamiento entre lo culto y lo popular, que se desplaza de altares y retablos a las artesanías, para colocarse en un nuevo universo pictórico y semántico. La cita entonces no es un mero elemento referencial o de contemporaneidad, sino una vía cultural de estirpe. Se podría afirmar que en las propuestas discursivas de este creador se enlazan algunas constantes modeladoras. La manera de apropiarse del mito -por ejemplo el perro azteca-, unas veces como memoria (La Consagración de la virgen) otras como cotidianidad (Libertad hija y Nahui). Con toda la simbología establecida, el corazón también conduce la iconografía. Reconocible formalmente se manipula como fantasía ornamental en “Abriendo y Cerrando”, mientras que en “Ángeles Caídos” tributo a Frida Kahlo- conduce sentimientos plurales.
El tributo al género del retrato, es otra regularidad, a partir de su propia representación (autorretrato), rostros que se intercambian de una obra a otra, que asumen diversas posturas y comparten espacios, con una mirada al infinito marcada por una temporalidad indeterminada.
Por último las tintas que aúna pasado y presente, en una operatoria en la que converge la tradición del retrato colonial y que ahora Darío desarticula para rememorar, describir, dinamizar e incorporar como elemento plástico.
Todo ello concreta una poética en la cual objetivo y lo cultural, lo local y lo universal marcada por una estética que aúna ideales aparentemente en conflicto.
Dra. Luz Merino.
Subdirectora de Museo Nacional de Bellas Artes. Catedrática de la Universidad de La Habana
La Habana Cuba, Diciembre de 1997.
| Rita Longa Mostrar crítica El joven Darío Mijangos, me ha pedido que diga las palabras inaugurales de su exposición. Mucho me halaga esta deferencia, y me sorprende por haber saltado varias generaciones. ¿Será que me ha confundido con aquella muchacha pintada por nuestro Jorge Arche, a quien tanto admira?. Pero he de ser sincera, ni ella ni yo estamos preparadas, para esta misión tan importante. Por esto, me limitare a invitarles a contemplar su obra, resultado de una profunda búsqueda, de un reconocimiento de sus raíces árabes y mexicanas, ingenua y mística a la vez, que logra hacer coincidir en la sensibilidad de las formas naïf, un fuerte lenguaje expresionista y un profundo tratamiento de la condición humana, donde el hombre se siente herido y busca autoafirmarse. Esta es la obra que nos presenta hoy Darío como un bello gesto de amor. Rita Longa
Escultora
Ciudad de La Habana, Cuba 1998.
| Manuel Guillen Mostrar crítica En su obra se produce el nacimiento de una enorme sensibilidad sin tener los instrumentos para decir de forma traducida lo que constantemente, instantáneamente el espíritu y el ser, hablan. Y cuando existe el honesto medio, el honesto sentir, el verdadero, el real... se procura por medio de esos instrumentos reproducir ese entorno, la vida observada por el cedazo de esa sensibilidad.
Entonces graba su mundo interior, su mundo oculto: El observante vive, a través de la vista con su criterio humano lo que en un mundo surrealista, ajeno a sí mismo, para cambiar, ocasionalmente, lo conceptual de la vida y el mundo del arte.
En sí, Mijangos, un pintor: empírico, honesto y sencillo, sin trabucos, sin formulismos y mucho menos trucos técnicos; nos regala una obra de arte, por de más decirlo, personal y auténtica. Es un mensaje que va atravesando la piel, que nos hace un mundo de ángeles, de seres que no son de este planeta, donde también participan sus perros y amigos, de corazones que palpitan y flotan en un sentir viceral que nos hace sumarnos en esa cuarta dimensión donde también, creámoslo o no, hay vida.
Sin ser fácil el oficio del pintar, Darío, un pintor de esta calidad y repito de esta honestidad, nos ofrece un poema de su siquid, de verdad interna y de amor por el semejante.
Manuel Guillen
Pintor
Ciudad de México
1997
| Armando Rodríguez Mostrar crítica De perros y corazones de ángel...
Un canto de fin de siglo, cuando el sexo y la sangre se vuelven en el único rito sagrado de nuestros tiempos, cuando la desesperanza y el plástico visten las calles
Un reencuentro con el cuerpo, con la piel, con el ansia de abrazar y ser abrazado, con las ganas de llorar días enteros encima de los colores de la vida, encima de la cama arropada con las sábanas de un siglo veinte ya cansado, ya repetido, ya redundante.
Con las ganas de volar y reinventar cada latido de corazón, de rojo y amarillo, de pieles azules, de miradas azoradas. De alas inmensas, de flores y de espinas, de lo que pudiera salvarnos como una religión, venerando lo humano, venerando las debilidades y sufrires, venerar las lágrimas y el semen, venerar la humanidad tan dolida, tan cargada de fantasmas, tan al borde de la noche esperando una luz en el siglo que viene. Como si a éste ya se le hubiera agotado la luz, como si ya lo único que nos quedara fuera un montón de tubos de óleo y de lienzos en blanco, nada más para ponemos a imaginar como seria, como será nuestra nueva fe, nuestra nueva religión, nuestro nuevo rito que nos salve del aburrimiento de la modernidad.
Darío se puso a pintar la agonía de nuestra fe, de la humanidad, y le puso alas y aromas ajenos para ponernos a soñar, para pasarnos la tarde viendo por la ventana de su pintura un nuevo altar, una nueva secuencia de ritos que consuelen la pobre soledad de nuestro planeta inmerso en la nada del universo. Armando Rodríguez
Ciudad de México
1996
| Raúl Anguiano Mostrar crítica
El joven pintor Darío Mijangos, me muestra sus pinturas ingenuas y místicas, con un sentimiento y técnica que recuerdan a los retablos primitivos que artistas anónimos pintaron por encargo para agradecer algún milagro del santo o virgen que los concedieron o los realizaron. Pinturas en que los principales personajes son los congéneres de mi perro xoloitzcuintli, Tajin. Cuadros de gran ternura y sensibilidad. Raúl Anguiano Pintor
Coyoacán, México, 1996
| Padre José Gerardo Herrera Alcalá Mostrar crítica El hombre, peregrino de lo Absoluto, tiene necesidad de la belleza, del esplendor y de la gloria de la creación donde se refleja lo pasajero y lo perenne, tanto lo sencillo como lo grandioso. En la incesante búsqueda de Dios, el hombre acoge en su corazón y en sus manos esos ideales dejando huellas de su encuentro con la Divinidad. Lo podemos constatar en los monumentos, en la pintura, la literatura y en toda la creatividad capaz de expresar ese sentimiento religioso de la humanidad, dejándonos en ellos las huellas estéticas que suscitó ese encuentro. Los grandes pintores de la humanidad han dejado las más espléndidas creaciones nacidas de su pincel con la carga, tan humana y a la vez religiosa, de ese sentimiento que lo motivó, resultado de esa búsqueda y reflexión del sentimiento más noble y bello que puede abrigar el alma humana. El Creador es la fuente de toda luz y belleza, cuyo infinito amor es la inspiración para construir una civilización en la verdad del amor, del cual el arte es un poderoso mediador. La humanidad, confrontada entre lo inmortal y lo temporal, contempla la eternidad como un momento de plenitud asumiendo todo su pasado y su futuro. Las agendas y los calendarios nos inducen esa verdad absoluta: “somos pasajeros”, no podemos detenernos. Nuestras obras, nuestro testimonio, nuestros amores, debilidades, sufrimientos y creatividad son fugaces, pero sus vestigios quedaran para indicar la ruta por donde transitamos con valor, dejando huellas donde algunos nos seguirán. La incursión artística de Darío Mijangos en la espiritualidad cristiana, y específicamente en el arte sacro y religioso, es un reflejo de su experiencia, la cual que ha ido enriqueciendo en estos últimos años en su búsqueda sincera, respetuosa, y sin prejuicios preconcebidos, sobre la Iglesia. Adentrándose en el conocimiento del patrimonio cristiano, el acercamiento, que no había tenido el pintor, ha sido el origen de su obra en esta temática que se gesta en el encuentro fecundo entre sus aspiraciones religiosas y la visión estética contemporánea muy particular ejecutada por su pincel. Copia divina en quien veo desvanecido al pincel, deber que ha llegado él donde no pudo el deseo: alto, soberano empleo de más que humano talento; exenta de atrevimiento, pues tu beldad increíble, como excede a lo posible, no la alza el pensamiento. ¿Que pincel tan soberano fue acopiarte suficiente? ¿Qué numen movió la mente? ¿Qué virtud rigió la mano? No se alabe el arte vano Que te formo peregrino; pues en tu beldad convino para formar un portento, fuese humano el instrumento pero el impulso. divino. Al tocar con su juguetona gama de colores a Jesucristo, que para la sensibilidad de hoy es de miradas que suscitan polémica, por lo agresivo y sereno de sus ojos destellantes y encendidos, causado y provocado por el dolor de la cruz, acentuando una admiración por su “santa humanidad” de perfectas líneas y cuerpo bien cuidado y sensual como atrayente, hacen que podamos tocarlo sin ser solamente humano ni divino, convirtiéndose en un piropo a la corporeidad anatómica, envidia de muchos provocada por el comercio deshumanizado del entorno mediático. La Virgen Santísima la concibe como una mujer con rostro hecho ternura, rodeado de paz, majestuosa pero sin esos toques delicados de la feminidad, pincelados de una inmensa devoción, con galanes ropajes que hacen un deleite para la vista contemplar a la primera creyente de Jesús. El santo más recurrente es sin duda alguna el Pobrecillo de Asís, lo manifiesta con una pose de abandono y fragilidad, digna de admirar el ideal del evangelio que fue capaz de trasformar la vida del pobrecillo y enamorado del Crucificado. En el periodo colonial los grandes y bellos oleos de monjas fueron ejecutados en su mayoría para los conventos femeninos. Para los novo hispanos y deudos que habían perdido para siempre a sus hijas encerradas en los conventos y viviendo los ideales del seguimiento de Jesús, la pobreza obediencia y castidad de sus muros, eran una catequesis y alabanza que con su vida ellas dejaron para recordar a las futuras monjas de las diferentes ordenes ya dominicas, jerónimas, clarisas, carmelitas, etc., lo que estas mujeres fueron capaces por ese ideal de vida que abrazaron, las obras de amor y piedad, de entrega al “amado Esposo” que dejaron sus antecesoras heredando una profunda huella en el ejercicio de las virtudes teologales, de una fe sin titubeos, de una esperanza confiada y una caridad solicita como audaz. La galerías de monjas que ha pintado Darío están sustentadas en libros autobiográficos y en escritos, impresos o manuscritos de de la época donde se nos narra la vida y obra de estas monjas. En esa perspectiva se ubicó para verlas desde los ojos de la contemporaneidad y darles vida con el pincel de este siglo, ya que son patricios de la memoria de la historia religiosa del México colonial. Aunque no incurre en lo propiamente dicho arte sacro, esta galería de monjas se enmarca en el retrato religioso que nos impulsa a recordar y admirar esa vida femenina conventual que enriqueció y dio su aporte a nuestra cultura mexicana: en la comida, con sus ricos dulces y biscochos, salsas, aves y pescados confeti de ricas viandas y suculentos platillos, amen de poemas ya religiosos, obras teatrales, además de ejemplo místico en sus escritos y en su vida, sin olvidar los primorosos trabajos de costura que aún se conservan en muesos y conventos. A estos retratos les logró dar una exquisita ternura, reflejo y culmen de su entrega a Dios. La sobriedad es sin duda alguna su mayor logro, bástenos ver la creación donde dibuja a la Reverenda Madre Juana Inés de la Cruz, monja de San Jerónimo, una de las más grandes mujeres intelectuales del siglo XVII. La ha pintado en el más bello momento de su entrega en la vida religiosa, el dia de su profesión, coronada de flores, perpetúa el día grande y lo une al de su muerte, hechos de su vida que la consagran en la Orden de San Jerónimo. Y para servir a este intento lo adorna con las primeras frases del ultimo impreso de la Décima Musa que se imprimió en México en el año 1695, a los pocos meses de su muerte, su famoso Protesta de fe, oculta por casi 300 años y apenas descubierta. Lo más interesante es que en sus manos, Darío tuvo ese documento. Sin pretenderlo y verlo desde la fe o sensibilidad de los creyentes, nos orilla a entrar en la contemplación de la mística cristiana que esos temas suscitan y provocan: ¡oh hermosura que excedéis a toda las hermosuras! sin herir dolor hacéis y sin dolor deshacéis el amor de las criaturas. Teresa de Jesús bien pudo explicar este sentimiento que se entiende solo desde la fe. El rostro sereno de Sor Petra, a quien concibe con unos animales xoloitzcuintles, que sin pretenderlo combina la religiosidad indígena con la cristiana, esta amalgama muy nuestra, muy criolla y mexicana, dibuja esa unión y enriquecimiento de dos maneras de adorar a Dios: a lo mexicano. Es su primera obra en esta temática. Nada es bello, solamente aquello que agrada a Dios. El camino esta en contemplar lo bello, y viéndolo nos haremos buenos, lo mismo que nos haremos bellos al amar el bien. Al contemplar la obra sacra y religiosa de Darío, se contempla la historia humana agitada por la violencia y el horror del sufrimiento humano ocasionado por la irracionalidad y el fanatismo, el hambre y la falta de dignidad de la obra más perfecta de Dios: el hombre. Es un mal causado por el egoísmo, la intolerancia y enfrenamientos ideológicos destructivos. El arte se convierte en la mejor arma contra este mal, nos puede llevar de la desesperación a la esperanza, del dolor a la solidaridad, del egoísmo narcisista y comercial a la fraternidad solidaria, de lo cual vive tan necesitado el hombre actual. Este mundo necesita de la belleza para no caer en la desesperación, como bien decía el gran pontífice amante de las artes Pablo VI, Y solo los que se abren a esa sensibilidad honesta, fecunda y respetuosa sabrán entender que toda manifestación artística es una contribución al alma creadora del hombre, recordando que en el mundo del arte hay siempre más vías que una sola ruta, donde se puede transitar. Su obra se debe contemplar para observar lo que el artista nos quiso ofrecer. Para los cristianos es un recordatorio de que la Iglesia es joven, que el Espíritu de Dios sigue aquí. A los no creyentes los hará sensibles a la más grande aspiración humana, que es el bien. Padre José Gerardo Herrera Alcalá, Capellania del Carmen, Diócesis de San Cristóbal de las Casas. Chiapas, México.
| Raúl Alfonso Mostrar crítica Los límites terminan donde comienza el dolor, el desgarro, y la pintura de Mijangos es demasiado inquietante para atrapar su esencia en una única palabra, aunque esta palabra sea dolor y padecerlo constituya uno de los mayores terrores, sino el mayor, del hombre. Aceptamos la muerte, pero no aceptamos el dolor. Podemos aceptar, asumir, una enfermedad devastadora, pero siempre suplicamos en secreto que ésta huésped silenciosa que se roba a diario trozos de nuestro cuerpo, y de nuestra vida, ésta depredadora críptica, lo haga de manera indolora, preferiblemente cuando dormimos, o de forma brusca, con una breve y sorprendente sacudida. Preferimos el exterminio al dolor. Pero el dolor es inevitable, como el amor, como el parto, sea de una criatura o de una obra. En ocasiones, sufrimiento y creación artística van de la mano. Sólo los necios huyen del dolor. Sólo los cortos de espíritu sueñan con alcanzar la felicidad, o la dicha, o la tranquilidad, sin haber apurado antes una generosa ración de angustia. Pero no hablamos de un necio, hablamos de un artista inquietante que da el espaldarazo a la comercialización y fluye en soledad con sus imágenes, aunque esta soledad no significa abandono, ni olvido. Poco a poco, a pincelazos, Mijangos se impone en el panorama cultural de su país y su nombre es pronunciado con respeto en algunos sectores artísticos, con respeto y en voz baja. El nombre de Darío Mijangos turba y abre el filón a la imaginación, y este nombre aparece al pie de unos lienzos que rinden un merecido homenaje a algunos grandes de la pintura mexicana; Frida Kahlo, Manuel Lozano, Diego Rivera. No es fácil homenajear al color desde el color, porque México es colorido, contraste. Acercarse a la obra de Darío Mijangos significa entrar en una casa de espejos que reproduce al infinito figuras calvas, ángeles desdibujados, perros aztecas que alguna vez fueron comidos y que en la antigua tradición acompañaban a los muertos en su viaje definitivo, madonas con aire cinematográfico, flores, pisos cuadriculados, corazones traspasados… es también acercarse a los fondos brumosos, a la desnudez masculina, si es que estas figuras lo son, pues Darío absorbe visceralmente el concepto de que el alma no es ni hombre ni mujer, y va más allá, sólo cuando abandonemos los prejuicios de una formación judeocristiana, y creo que en esto radica uno de los grandes aciertos de su obra plástica, alcanzaremos la tranquilidad; el cuerpo es hermosos, incluso vulnerado, y merece ser expuesto a las tentaciones, el cuerpo mismo es tentación y lo tentador espanta. Los poderosos temen a la desnudez como temen a la risa. El cuerpo desnudo es peligroso, es frágil, susceptible de ser traspasado con una flecha o una palabra. Darío entroniza la fragilidad imponiéndola sobre siglos de machismo latinoamericano, sobre centurias de prejuicios. La iconografía cristiana, presente a lo largo y ancho de la obra del pintor, enfatiza el concepto represivo, y crítico de su obra, aportando un referente claro y clave para establecer la comunicación inmediata con las criaturas que pueblan soledades y neblinas. Mijangos no intenta desdecir el símbolo, lo presenta tal y como lo conocemos, la aureola es aureola y el sufriente corazón, ¡ah, ese corazón en el nombre del cual se han cometido tantas atrocidades, o tantos actos heroicos, y a la vuelta de los años la historia demuestra que el heroísmo puede constituir un lastre fatal!, es corazón recordado y reverenciado, sólo que esta vez no lo fija en la imaginería tradicional; el corazón no duele ni en Jesús ni en María, aquí apuntamos un matiz, ¿acaso todos los seres humanos, todos los hombres y mujeres de la tierra, no somos en algún momento Jesús y María?, duele en cualquier parte, algunas veces tatuado en el cuerpo de unos mestizos que exhiben su desnudez con impudicia demoníaca. Hay algo de lo griego en este concepto, algo de esas primeras imágenes arcaicas que retaban con su desnudez a la imaginación más solvente. Alguien hablaba de evocación del martirologio cristiano. Me atrevería a afirmar que Darío Mijangos no sólo evoca la agonía y resignación de los cristianos, sería demasiado fácil, demasiado cómodo para un artista tan inquieto, evoca el martirio a lo largo de toda la historia, evoca también la resignación. Su pintura es dolorosa y atemporal, de ahí que se amalgamen los referentes tanto paganos como cristianos, ¿qué son sino esos perros pelones de mirada triste, no son acaso los Xoloitzcuintlis que los aztecas consideraban un exquisito manjar y que acompañaban a los difuntos en el viaje al más allá? Hay algo de clasicismo desenterrado en la pintura de Mijangos, de necesidad de retorno a un mundo en el que el hombre era el centro de universo a pesar de los dioses. Eros y Thanatos juegan el juego de las apariencias quedando en tablas. La vida y la muerte se dan la mano, también la santidad y lo demónico, la luz y la sombra, el sueño y la pesadilla, los viejos dioses sanguinarios y los blancos santos cristianos teñidos de sangre.
Ya se impone ver. Podemos llenar cuartillas de reflexiones, apuntes, citas y frases más o menos acertadas, pero serán sólo eso, frases. La pintura habla desde su silencio. No es necesario convencer al espectador con un puñado de palabras inútiles. La forma y el color harán lo suyo por encima del raciocinio. Para eso existen los pintores; ellos, como los músicos, suelen demostrarnos el fracaso de las palabras para atrapar las pulsaciones secretas de la sangre y los inminentes reclamos de la carne que anhela ser poseída, y, ¿por qué no?, martirizada.
Raúl Alfonso.
“El espejo del perro"
Revista de arte y literatura No. 8.
España.
| Padre José Gerardo Herrera Alcalá Mostrar crítica El arte es uno, sus manifestaciones son mil, en colores y texturas, formas y signo simbólicos de la realidad circundante. Motores de inspiración para el pintor que al producir arte y crear belleza nos inserta a su realidad-mundo: el crear siempre se adjudica ese don, el transmitir ese lenguaje y esa realidad cobijado en símbolos y colores que nos quiere regalar a la vista, dar una idea de su creación al expectante introduciéndolo al mundo de sus pinceles, esa misma realidad sujetiva que lo adentra al mundo de la interpretación: Este que ves, engaño colorido, Que, del arte ostentando los primores Con falsos silogismos de colores Es cauteloso engaño del sentido
Lo sentencia la sabia y culta monja Juana Inés de la Cruz. El mundo vital del pintor siempre es un laberinto de soledades e imaginaciones caprichosas. La pintura de este catalogo bien refleja ese sentimiento del anima. Ser “creador” es uno de los oficios que exigen silencio interior, observación y abandono del exterior y soledades.
Es un vano artificio del cuidado Es una flore al viento delicadas Es un resguardo inútil para el Hado; Es una necia diligencia errada
Solo así puede crear, como el Otro, que es Dios. Belleza y formas de seres animados de colores caprichosos de figuras y fondos de una sola realidad que se llama arte. Según la sabia definición del gran Santo Tomas O. P. definía la belleza como “aquello que agrada a los sentidos”, visualizando gestos y posturas entre lo eterno, lo pasajero y lo sensual del cuerpo humano, nos adentran al fascinante mundo del movimiento interior del autor. Esa es la obra que en el devenir histórico de 10 años ha producido Darío Mijangos, donde el mundo simbólico de afectos adornados con matices florales, “caninos” seres “amigo del hombre”, son una recurrente imagen que manifiesta en varios de sus producciones. Estos perros, “canis” mexicanos o xoloitzcuintli, los acompañantes al más allá en el inframundo de las civilizaciones de las culturas precolombinas. Los plasma con gracia e ingenio convirtiéndose en su fuente no la única pero si la mas llamativa de su inspiración pictográfica. Su presencia e incidencias en su pintura nos hablan del yo, la sonora compañía de sus “amigos”. La presencia de los símbolos cristianos que son eternos desde la fe, que encarnan la bondad y el amor a la ecología, como son “San Francisco de Asís”, o la maternidad, el dolor supremo de la madre, como “La Dolorosa”, o la realidad angelical, son representados con singular postura de realismo místico, que sin ser pintura religiosa propiamente dicho, logra en algunas de ellas incitar a la reflexión y ver, oír y pensar en la caducidad de la vida.
El desnudo, “quien te dijo que estas desnudo” “los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer sin avergonzarse uno del otro” (Génesis 2,25.) la corporalidad es tan pasajera y llamativa plasmada con posturas singulares y provocativas para darles el calificativo de cuerpo-lenguaje, reflejando su fragilidad conjuntada con la belleza que despierta los sentidos: la admiración o rechazo, lo pasajero como lo trascendente que encierra el cuerpo humano, asumido por el pintor como una realidad siempre cambiante y nunca estática. La figura humana privada de vestido se convierte en símbolo de la humanidad y del mundo, amenazados en su vitalidad más elemental y llamados a la vida sólo por el don gratuito de Dios. Es un afán caduco y bien mirado Es cadáver, es polvo, es sombra, es nada. Su incursión con el óleo, ya en madera ya en lienzo u otros materiales lo han hecho diestro en el plasmar “su” realidad. En el frágil mundo del papel, que es el amigo mas noble de los pintores, delicado como el cuerpo humano, generoso como la naturaleza, son la vía y puente de expresión, ha hecho obras nobles del arte del grabado en esta decena como pintor. La reminiscencia del sol naciente se deja ver entre los biombos que hunden sus raíces en el lejano oriente, obras que en si son un recordar la enculturación, es parte del intercambio de valores y emblemas, usos y costumbres de los pueblos, que no cierran su ciclo en un siglo o año, al contrario lo abren y lo actualizan, pervive en las cosas. El biombo un objeto de cerrar la realidad a los extraños de tu mundillo e intimidad, a los ojos de los intrusos, juegos de conjuros de ficción y del pasajero color del pudor. Es plasmar una imagen no existente y alucínate que podría haber tras el. La escultura es en si una realidad plástica que asemeja al Dios que se deleita creando al hombre, del barro y dándole su aliento “vida” para que viva y hable se mueva y se de. Su escultura aunque poca producción, juega con ese “hacerlo a la imagen de sus manos” de olores y miradas. Su pintura podría inscribirse como una continuación de las grandes producciones de los años 40 a 50, de esa cotidianidad, una cierta sintonía con la pintura pseudo-erótica de Manuel Rodríguez Lozano, El uso de las imágenes de los perros, complementa la relación erótica que se da entre los hombres de las pinturas, es una mirada particularmente poética de estas relaciones eróticas, con tintes religiosos, la urgencia y necesidad de construcciones románticas o hasta religiosas para insertar el tema del erotismo o el amor al hombre en nuestra sociedad, tan ausente en el escuchar y presta fácilmente para el aturdimiento y vanidad. En su obra se patentiza la tristeza, el desaliento, que puede dibujar bien la gran enfermedad de la posmodernidad, que se llama depresión. Los paisajes de los hombres son áridos en su corporeidad. Dibujan realidades que emergen y presupone o insinúa esa realidad con posturas y sentimientos, fragilidades y desengaños. Esos aspectos de la representación masculina de estos días, da la sensación de soledad que ésta produce en su pintura. Los retratos tienen vida y movimiento, el engranaje que les pone un toque muy suyo, especialmente el de las mujeres, parecen más personales, llenas de luz, movimientos donde hacen su aparición las plantas, el aire y la luz, jugando! el viento con el cabello, acompañado por el micro cosmos que le rodea. Los objetos, son en si un ver y usarse, un servir y olvidarse, un adorno y una necesidad, con el dibujo cambia su presencia y figura pero no su utilidad y uso, es lo rescatable de su singular obra, hacer de la cotidianidad un sin fin de posibilidades de creación y de belleza.
Un comentario final, el arte, la belleza creada por el artista es la irradiación de otro mundo, que abre su brecha en nuestra opaca condición humana descubriéndola e iluminándola al mismo tiempo. Lejos de la división efímera, entre arte y la fe, incitan al hombre a no caer en la indiferencia, a trascender siempre fuera de si mismo, a buscar y reconocer a Aquel que es origen y de toda belleza y que da sentido al mundo, al hombre y a las cosas: ya en esta tierra, un poco de paraíso.
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Padre José Gerardo Herrera Alcalá Santuario de Nuestra Señora del Carmen. Diócesis de San Cristóbal de las Casas. Chiapas México. Agosto 2004.
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